sábado, 6 de septiembre de 2014

Demoledor: No nos quiere ni el tato



Tras leer la noticia me sumí en una profunda depresión. He tardado varios días en poder reaccionar. La realidad es evidente. Pertenezco a una casta inferior. Soy un paria sanitario. Soy médico de familia.

Hoy, tras varios días en estado de shock y tras un esfuerzo personal hercúleo, he podido empezar a analizar la situación. En realidad, estoy obsesionado en buscar (lo de encontrar tardará un ratito más) justificaciones, excusas, explicaciones, ante tamaña bofetada como alternativa a la simple aceptación de que el titular, no solo tiene razón, sino que se queda corto.

Es curioso como nuestro trabajo es generalmente reconocido con buena nota por los pacientes, es considerado esencial en todos los discursos teóricos que se precien sobre el tema sanitario (tanto políticos como económicos) pero se considera de un rango inferior por el conjunto de la profesión.

En la búsqueda de esas justificaciones, excusas, explicaciones, me preguntaba si la encuesta se hubiera realizado en la fase inicial de la residencia donde, no lo vamos a negar, muchos han acabado haciendo el MIR de Familia al no poder alcanzar otra opción más acorde con sus deseos, y antes de haber podido profundizar en los valores, en los puntos fuertes, en la esencia que nuestra especialidad aporta. Solamente el 6,5% tenían como primera opción Medicina de Familia.

Tampoco hay que olvidar que el MIR de Familia sigue estando inmerso en un ámbito hospitalario donde la gestión de la incertidumbre, clave en nuestro perfil, no es ni tan siquiera concebida como una opción. Donde conceptos como la longitudinalidad en la atención carecen de sentido. Donde los aspectos socioeconómicos de los pacientes se manejan en planos diferentes. Donde “las máquinas” siguen teniendo un papel preponderante.

Y para que llamarlo de otra manera, donde las relaciones entre los profesionales no son relaciones entre pares, donde desde tiempo inmemorial se han manejado conceptos atávicos de servicio de unas especialidades respecto a otras. Y en este aspecto, siempre nos han adjudicado el papel de secretarios (eficaces, eso si) del sistema.

Si algo espero de las Organizaciones de Servicios Integradas (OSI) es precisamente que sean capaces de integrar, valga la redundancia, a los distintos perfiles profesionales desde sus competencias y sus capacidades dejando en el recuerdo actitudes, frases, dimes y diretes que no se ajusten a la nueva realidad.

Pero el día a día es tozudo y, tras el discurso teórico, con un par de mandobles te coloca en tu sitio. Estos días he tenido que sufrir la evidencia de que mi OSI no me considera capaz de poder derivar, con criterios suficientes, a un paciente a una Unidad del Dolor teniendo que pasar esta valoración por el filtro de un compañero de otra especialidad del segundo nivel. Mientras escribía el informe explicando lo inexplicable y solicitando la colaboración de un compañero (que si está capacitado para hacerlo en contraposición a mi escaso bagaje intelectual) para conseguir la derivación que mi paciente necesita, he entendido a esos compañeros que hubieran elegido otra especialidad porque me he sentido humillado.

Y qué PODEMOS hacer?

PD: Criterios para derivar a una Unidad del Dolor no tendré pero ironía y sutileza en la insinuación ...

2 comentarios:

Ramón dijo...

La culpa es mía. Bueno, yo acabo de llegar a profe de medicina pero ahí está el quid. Es en pregrado donde se aprende o no medicina narrativa. Y donde se aprende o no quien es centro y destino de la medicina. Y no sólo de boquilla.

Ramón dijo...

http://elpais.com/m/cultura/2014/08/06/babelia/1407333917_494894.html